Bellas y Fodongas
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Bodas y Divorcios

Le debe de pasar a todo el mundo, pero yo sólo puedo hablar desde mi experiencia… que un día de repente los amigos se empiezan a casar.

En mi caso comenzó no conmigo ni con mis amigos sino con las hermanas de uno de mis mejores amigos. Como me sucedió mucho en la vida, fui solo, así fue como me invitaron, como amigo del hermano de la novia… de cualquier forma, no tenía yo con quién ir.

No sabía bien a bien cómo comportarme ni nada, no conocía a mucha gente y en una ocasión acabé bastante borracho.

Pero un día pasó que JC se casó. ¿Por qué? Todavía no lo entiendo, se llevaba muy, pero muy mal con su novia y yo le repetía que si se casaba, por decir, un día primero, el día 30 su mujer dormiría en casa de su mamá. Las peleas de JC y Cris daban flojera, todo el tiempo estaban de bronca y no daba yo dos pesos por su matrimonio.

Pero se querían casar y eso hicieron.

Luego siguió la que era mi jefa en el primer trabajo formal que tuve. De su relación con Luis nunca supe demasiado, se llamaban todas las tardes –de esas llamadas que hay en la oficina, que sabes que están hablando con el novio- y ambos me caían muy bien, por separado, juntos eran buena idea, pero lo que me gustaba era uno independientemente del otro (y viceversa).

Escribí de aquella boda con mucha emoción y ha permanecido en mi mente como lo que debe de ser una boda, porque jamás he visto novia tan contenta, tan reina, tan en su lugar.

Recibí con emoción una tarde noche a uno de mis mejores amigos, con unos siete kilos de déficit, con dos invitaciones en la mano. Mariana y él se iban a casar antes de irse a vivir a Inglaterra y aquello estuvo muy lindo, en el Club de Banqueros con harta gente importante.

Ha habido de todo, alguna vez mi amigo el Davido me marcó para preguntarme qué estaba haciendo –yo estaba viendo la tele en mi casa- porque Edahena se estaba casando y sería bonito que yo estuviera ahí.

Quince minutos después me apersoné en el lugar.

Las ha habido con una panza de embarazadas que bueno… un par de ellas escenas deprimentes de la prisa por hacer las cosas mal.

Pero lo hicieron de todas maneras.

Y luego comenzaron a escasear las bodas y comenzaron los bautizos, las fiestas de un año y las pláticas en las que no puedo participar porque yo me sigo levantando los sábados y domingos a la hora que se me pega la gana.

Y luego un día te hablan, te preguntan si tienes tiempo de tomarte un café… vas emocionado a ponerte al corriente en sus vidas y te salen con el “ya nos separamos”.

Curioso y trágico círculo de aventuras que comienzan con las molestias del acomodo de mesas, de los padrinos, del lío para elegir el estilo de la nueva casa (casi siempre departamento), de la buenísima historia de los cortineros que nomás no quedaban… y luego intervienen los abogados, los gritos, las tazas rotas, el lío para saber qué libro es de quién y que aparato le corresponde a cada uno… y si hay niños el asunto se pone peor.

En esto de los niños hay unos casos verdaderamente patéticos.

Hace años tenía en una caja de zapatos (donde vinieron los últimos tenis Le Coq Sportif que me compré), donde guardaba yo toda clase de tonterías, desde los boletos de algún partido de la selección, de los conciertos, cartas de mis amores frustrados (que son la mayoría) y ahí comencé a guardar las invitaciones a las bodas.

Ahora en otra caja, en parte por morbo y en parte porque así es la vida, están separadas las quince invitaciones que hoy en día significan un divorcio y del otro lado quedan las tres invitaciones de quien yo espero nomás no se separen.

¿Onda de generación? No sabría decirlo.

Los papás de mis mejores amigos siguen felizmente casados, lo mismo puedo decir de los míos, que broncas acá y allá, ahí siguen dando un ejemplo de lo que es una pareja… y sus amigos también, ahí la llevan broncas y todo.

A veces me da por pensar que hicieron, mis amigos, todo mal, que se casaron muy aprisa, ignorando todo lo que les indicaba no hacerlo… y aún así lo hicieron. Pero no, yo hubiera apostado todo por muchas, muchísimas de estas parejas y eso me lleva al breve pensamiento trágico de ser yo el que lleva mala suerte a las bodas.

Pero no, se han divorciado aún sin mi presencia en el bailongo.

Mi historia, por cierto, quizá pudo haber sido similar a la de todas estas invitaciones a bodas que ahora se amontonan bajo la etiqueta del ‘no more’. Si hace diez años me hubiera casado sospecho que estaría yo ahorita bien divorciado.

Hace diez, años era Pablo quien nos decía a Ara y a un servidor que no es que hubiéramos malogrado un matrimonio sino que nos acabábamos de salvar… y por poquito.

Estoy escribiendo sobre divorcios porque por estos días he recibido la noticia de que, otra de las parejas a cuya boda fui ilusionado, se acaban de separar. Mi amiga que está próxima a divorciarse lo ha tomado con su parte de tragedia, pero también tiene la visión de una vida que comienza… con un duelo, pero que comienza.

La vida no se le ha acabado, a nadie, ahí.

¿Tragedias? Pues sí, en parte. Parte el alma ver a un amigo, una amiga, con un puchero permanente, pero en todos y cada uno de los casos han seguido adelante, a veces para rehacer su vida de tal forma que nos sorprenden, aunque otras veces para caer en nuevas tragedias.

Y aunque muchos de mis amigos, como he dado cuenta, continúan felizmente casados –los menos- también estamos los que, por una u otra razón, por habernos salvado o por necios, seguimos solteros.

A veces me pregunto si es por todas historias a nuestro alrededor que nos resistimos.

Pero cada día que pasa siento que nos resistimos un poco menos.